Gracias a que sobrevivió a su suicidio posterior al debate, en 1968, con motivo de la obtención del premio Inca Garcilaso de la Vega, pronunció un sintomático discurso bautizado con otra máxima decisiva. “Yo no soy un aculturado” –editado por su voluntad en el Prólogo de su obra póstuma, “el Zorro de arriba y el zorro de abajo” (1971)- expresa la declaración de su proyecto y espíritu político, artístico y cultural. Arguedas reconoce lo complejo, híbrido y ambivalente de la ontología peruana; en su discurso personalizó lo propio sin supeditarse ni negar a lo otro. Su narrativa muestra tanto las condiciones e identidades del mundo andino, como los cantos y danzas que su vasta inspiración posibilita, donde es posible amalgamar júbilo, regocijo, ternura, nostalgia, aflicción y dolor.
Este 2 de diciembre cumplí 20 años y perseguí con treinta años de retraso su muerte; perseguí la sociología, disciplina postiza en la que concentró sus últimos esfuerzos académicos; perseguí su San Marcos, el espacio donde nace su entusiasmo y libertad; y por esos días, con distintas denominaciones conceptuales, sentí la formulación arguediana que lleva a pensar con esperanza cómo salir del muro opresor. Aníbal Quijano leyó a Arguedas y a Rulfo -y estos se leyeron entre sí-, para notar la posibilidad de la descolonialidad contenida en la persistencia de la racionalidad andina, mágica e histórica de conocimiento complejo, completo y relativo

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