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De gente de a pie a gente posada


La presente crisis sanitaria mundial parece no ser del todo excepcional o impredecible. Se ha expuesto, por ejemplo, que la crisis económica y financiera no es algo privativo de estas épocas pandémicas, que la concepción cortoplazista del capitalismo tiene una importante responsabilidad en la falta de respuesta ante la demanda de personal médico e infraestructura hospitalaria, que las debilidades geopolíticas y la guerra comercial ha obstaculizado la eficacia de una lucha articulada contra el virus, que el mundo ha sufrido una cantidad considerable de pandemias y más de epidemias comparables a la presente[2], todo lo anterior señalando al coronavirus como una suerte de excepción dentro de la excepción. Lejos de ser una advertencia de la biología contra el ímpetu necropolítico de lo moderno donde “hoy la madre naturaleza se ha rebelado; ha jaqueado a su hija, la humanidad” (Dussel, 2020, pág. 88), hay de dónde pensar que el coronavirus y la devastación que lo acompaña es producción genuina del ser humano a modo de una gran –macro- función latente en términos de Robert K. Merton.

Sin embargo, un hecho no se debe inferir como inclusivo del otro al día de hoy, ni tampoco como completamente excluyentes en el transcurso histórico de la humanidad. Por un lado, el carácter consecutivo de estados de crisis en los últimos años en los que una pandemia sería simplemente una más de distinta índole o bien un asentamiento y consolidación agrupadora de las anteriores, por otro, la causalidad social de la misma; ambas constataciones se implican sin llegar a rozarse, pero suponer o exigir una conciencia plena o advertencia social de las consecuencias de la crisis no es oportuno. La pandemia no es una normalidad como tal, sino que habilita la cocción de una nueva.

Las élites gobernantes se han responsabilizado instrumentalmente del problema sanitario, lo que no significa una elección predictiva de lo que sucedería. Esto se acerca a lo que Anthony Giddens describe como la asociación circular de consecuencias no elegidas -funciones latentes[3]- y condiciones imprevistas, muestra del lado irreflexivo de nuestras acciones sociales, motivadas en cierto porcentaje por deseos y figuras del inconsciente.

Ante el ámbito prístino de la producción social una pandemia sí que tiene novedad. Me refiero a la vida cotidiana sobre la cual, en casi la totalidad del globo, nunca se había prolongado durante dos o tres meses una medida de privación de la libertad o un encierro sanitario. La cuarentena ha visibilizado radicalmente, en todo caso, la continua anormalidad institucional, y las rutinas sufren un sinceramiento del que no hay marcha atrás.

Boaventura De Sousa Santos (2020), entiende la situación como la normalidad de la excepción, donde la cuarentena es sobre todo la cotidianeidad de un largo número de personas de variados estratos y grupos sociales en el mundo quienes, con o sin un virus pandémico son permanentemente privadas de libertades. Sin embargo, se confunde una exclusión, marginalización y/o discriminación en muchos casos inmaterial o simbólica –en otros, directamente física– con un edicto internacional y coercitivo a cargo de aparatos estatales. El aislamiento estirado indefinidamente es por lo menos sorpresivo.

Nuevo sentido común

En el Perú, ha pasado 68 días de aislamiento social obligatorio y a la declaración del primer Estado de emergencia (90 días) le queda menos de un mes cuando termina la primera fase de flexibilización del encierro y reanudación de actividades. En el examen de cuánto nos tomaría adecuarnos a un nuevo tipo de rutina, como el caso de un horario distinto para las asignaturas de la universidad, un salón de clases y compañeros nuevos en el colegio o un mejor puesto de trabajo, dos meses y quizás uno es una respuesta que supera lo suficiente.

De buena o mala gana nos hemos acostumbrado a la cuarentena. Un nuevo arreglo de actividades, hábitos y horarios en nuestra vida cotidiana producen una nueva concepción de tiempo y espacio. Hemos consolidado ya una rutina específica de emergencia, la cual se viene objetivando a una nueva duración y disposición espacial. Venimos construyendo con estas nuevas prácticas, decisiones, sentimientos, motivaciones y esquemas de obrar, una refrescada confianza y seguridad. Pero no es tan simple como se narra. Hubo un quiebre entre las formas de vida anteriores y sus actividades institucionales  –con efectos como el aumento de la violencia y de los problemas de salud mental en los individuos[4]–. Los sectores productivos se detuvieron, lo que conllevó grandes afecciones a la economía familiar y nacional, del mismo modo las dinámicas políticas se vieron amenazadas de replegarse al absorbente asunto de salud pública. Esta perturbación sistémica precede a un reorden estructural y social, en tanto la vida cotidiana es el lugar de mutua constitución y habilitación de las formas macrosociales. Esto lo entendió Max Weber al revisar la historia de la concreción del desarrollo capitalista en Alemania a mediados del siglo XVIII[5].

Estamos produciendo nuestro tiempo histórico, lo que conlleva asimismo un imaginario de orden restituido y una práctica moral disciplinada en función a ella, de cuya representación me ocuparé más adelante. Lalive D’epinay (2008) defiende a lo cotidiano como el lugar donde se origina las tensiones entre naturaleza y cultura, entre lo positivo y lo construido, lo a-histórico y el acontecimiento. Desde lo dicho por Norbert Elías, Pierre Ansart y Giacomo Morramao sobre el tiempo rutinario, el relato diario en cuarentena reificaría en un ritual práctico característico.

El sentido común tiene para los peruanos hoy un nuevo cariz. La sociología le reconoce un permanente contenido colectivo y un carácter cognoscitivo, además de una función de orden en arreglo a la interacción. Zygmunt Bauman –citado en Plaza (2015, pág. 21) – se refiere al sentido común como el conocimiento rico pero desorganizado del que nos valemos para la diaria tarea de vivir. Más adelante Plaza (2015, pág. 22), señala la socialización como el origen de este conocimiento cotidiano, expresado en reglas de alta utilidad y considerable sanción, así como símbolos y recursos para reproducirlos empíricamente. Las reglas y los recursos, una al lado de la otra, se alinean en el método de comunicación e interracción[6]. Desde la fenomenología, Alfred Schutz (1974) ha descrito el sentido común del mundo de la vida (lebenswelt) como la inteligencia práctica y el ‘acervo de conocimiento’ social, tipificaciones y recetas que posibilitan la interacción de los individuos.

Nueva moral

El acervo común de conocimiento tiene, como lo insinuamos antes, una carga moral. Al respecto, Max Weber conceptualiza las propiedades éticas a partir de la obligatoriedad consensuada de su cumplimiento: “Aquí se ofrece no sólo una técnica vital, sino una ‘ética’ específica, y el hecho de romperla es una omisión del deber, además de una sandez, y esta es una obligación fundamental” (Weber, 2017, pág. 35)[7]. De ahí que entendamos al sentido común como el reflejo de la representación de orden mítico, esto es, práctico. Durante la emergencia sanitaria el sentido narrativo y el orden cultual de nuestras acciones se ha transformado, dando paso a nuevas recetas, reglas y recursos. Ya socializados, no podríamos evitar desconcertarnos, preocuparnos o indignarnos al ver a una persona en la calle sin una o dos mascarillas cubriendo su rostro; del mismo modo un individuo que toca indiscriminadamente los objetos metálicos en la farmacia o el transporte público, por lo menos no pasaría desapercibido y podría incluso ser sancionado colectivamente sin la necesidad de un efectivo policial en la zona. A una ya conseguida rutinización, Weber pospone el disciplinamiento (disziplinierung) y, por fin, la objetivación (versachlichung).

Anthony Giddens (1995), por su parte se refiere a las acciones cotidianas desde el uso popular de la conciencia diferenciando grados de ser/estar conciente, comenzando con estar físicamente atento y despierto. Los siguientes grados de conciencia son los de interés sociológico: en el diario vivir colectivo opera anexadas la conciencia práctica y la conciencia discursiva cuya diferencia recae principalmente en la inefabilidad de la primera y enunciatividad de la segunda (pág. 44). Ahora bien, si suponemos su disciplinamiento, las principales medidas de prevención dictadas por el gobierno (lavado diligente de manos, uso de mascarillas, aislamiento y distancia social de por lo menos un metro) después de dos meses estarían pasando de alojarse en la conciencia discursiva a fagocitarse en la conciencia práctica de los peruanos, de acuerdo a su influjo intenso y constante sobre la vida de la mayoría de estos. Ambas conciencias son mecanismos psicológicos de recordación en un contexto de acción y su disimilitud va en los términos de recordar discursivamente las medidas, sus razones y fundamentos técnicos y, por otro lado, recordarlos prácticamente en la duración de su acción (pág. 84). En la experiencia cotidiana de la cuarentena y en su duración, de naturaleza inmediata, la razón de ser de las medidas en el sentido común no sería capaz de enunciarse profusa y racionalmente o de ser sometida a una explicación exhaustiva, por el contrario sería equivalente a una interpretación y reflexión operativa de las acciones, hechos y sucesos. Las reglas y los recursos anteriormente referidos de esta nueva técnica vital en la pandemia serían de inducción penetrante, cuantitativamente en la población; a su vez, tácitas e informales en sus propiedades –pese a sustentar o reproducir medidas legales y oficiales-; y finalmente, de sanción débil y decisivamente social (pág. 59), esto unido a la disminución preventiva de oficiales en las calles[8].

Según una encuesta del IEP[9] sobre la percepción de las medidas gubernamentales ante el COVID-19 en el Perú urbano, solamente el 3% de los participantes acata con ninguna frecuencia el toque de queda; el 3%, el aislamiento social obligatorio (cuarentena) y el 7%, la recomendación de que una persona por familia hagas las compras y los trámites bancarios. Lo anterior no significa que el desacato de las medidas sea ínfimo a un mes y medio de su promulgación, es ínfima la percepción de su absoluta irreverencia (ninguna frecuencia). Sea de cumplimiento total o parcial, el discurso se ha interiorizado masivamente en nuestra cotidianiedad. Cómo salir, cómo comportarse al comprar alimentos y medicina y qué ritual repetir al regresar a casa está, en mayor o menor medida, sedimentado en el conocimiento práctico de los individuos y su fundamento, por significar hábitos, no iría más allá de la generalidad de la práctica de ‘cuidarse del virus’. Para la gente de a pie, la respuesta a un interrogatorio sobre esta forma de vivir sería tan obvia que su explicación sobraría.

Nuevo espacio

De paso, utilizo la expresión gente de a pie[10] para referirme a su ethos, al saber de uso popular y al sentido común. Mas en la extensión de esta cuarentena, las personas de a pie –expresión anotada por De Sousa Santos como propia de América Latina (2020, pág. 31)–, dan paso a las personas posadas. Esta provisional forma de normalidad tiene implicancias en el ‘ser con’ en interacción, hablo del componente espacial del contexto de nuestras relaciones sociales en cuarentena, en lo que dure esta contingencia el espacio doméstico emplazará al espacio cotidiano, irrumpiendo todos sus significados y añadiendo un sentido específico al sentido común: lo posado (del latín pausare) y no lo móvil. Las personas pasan la mayor parte de su tiempo situadas o emplazadas en el espacio doméstico sea en un asiento, sofá, colchón o superficie y únicamente de desplazan para volver a posarse, echarse o sentarse, de asiento en asiento.

Esto no sugiere un cambio radical según el cual no existan para el momento personas paradas o en movimiento. De hecho, parte importante de la población continúa sus labores fuera del hogar, sobre todo los llamados trabajadores de primera línea, sometidos a un exceso de presión física y síquica. Al 15 de mayo según Ipsos Perú[11], el 30% de la población ha declarado encontrarse trabajando: 13% por home office, 10% con autorización del Gobierno y 7% sin ella. Otro tanto ha logrado mantener una actividad física constante. Pero lejos de aludir a una forma directa de postura lo que se intenta es señalar las consecuencias de la normalidad posada en el saber común, en la moral y en el ‘ser con’, el agente estrictamente social, quien con conocimiento de su contexto físico, se identifica corporal y comunicativamente entre los otros (Giddens, 1995, pág. 398).

escala de grises, marrón, madera, figura de acción, familia ...Se puede entonces permitir el desarrollo de cierta distinción. Las personas posadas reemplazan a las caminantes o trajinantes, esto en el orden de la actividad –El 41% de los encuestados por Ipsos señala haberse quedado sin trabajo–, pero también en cómo se arrojan en la disposición espacial. La cuarentena es el lugar donde la gente se posa, reposa, se coloca, se deposita en comparación a su descolocamiento, su marcha, volubilidad y moción. Se difuminan las ya opacas distinciones entre lo cotidiano y lo doméstico, el común de las personas vive en constante situación, en tanto situadas y supeditadas al domus. La producción del espacio en el sentido de Lefebvre (2013), de otrora campo para el trabajo, el juego, el retrail[12] y sus respectivos lugares, trascurre ahora en la casa.

Ahora, sobre el orden ritual de la pose puede acaecer dos disgresiones. Primero, lo doméstico puede devenir narrativamente en el espacio de dominación, donde la pose se convierte en la posesión/desposesión. Segundo, la pose se puede emparentar a la postración, al abatimiento. La caída ceremonial, la derrota y la consternación espiritual por los caídos propios y ajenos, esto unido a la analogía de la pandemia con un conflicto bélico.

La máscar(ill)a

Byung Chul Han (2010), filósofo mainstream del momento, revisó los postulados morales que hizo Rousseau en el siglo XVIII para encontrar un precedente de la valoración de la transparencia en parangón al dispositivo de dominación del siglo XXI. En el apogeo de la vida teatral y del modus vivendi parafernálico se adornaba excesivamente tanto el espacio público en festividades paganas y religiosas, como el ámbito privado, la moda, los cuerpos y el rostro (García Fernández, 2013). La Europa de esta época exultaba con objetos y prácticas el verse bien y la apariencia. Esta cultura material castellano-peninsular llegó también al virreinato peruano[13].  Rousseau asiste entonces a una disyuntiva entre las máscaras y el corazón, la apariencia/engaño y la esencia/verdad. El imperativo moral que concibe es expresar el corazón desnudo, el interior descubierto y apartar las escenas, el maquillaje, los lunares, el atavío de símbolos. “La expresión no ha de ser una pose sino que debe ser un reflejo del corazón transparente”[14] (pág. 84).

La sociedad del siglo XXI no está exenta de simbolización –ninguna sociedad lo está–, sino que los medios y la razón para extender el significado descifrable y poético se minimiza. Hoy, en el tambaleo de la prédica neoliberal, la sociedad que acoje el mandato ético del descubrimiento, se presencia el regreso a las máscaras cultuales y rituales. Junto al encierro, los dispositivos biopolíticos y autoritarios, que han probado su eficacia contra el COVID-19, nos instan a enmascararnos. Con la crisis pandémica regresa la negatividad y lo opaco que origina la representación.
Pero, ¿qué es pues la máscara? En base principalmente al análisis dramatúrgico de Erving Goffman (1997), podemos distinguir cuatro conceptos al respecto que interactúan entre sí:

  • Es el dispositivo que contiene las características del sí mismo, lo denominado por Cooley como el ‘yo espejo’.

“En cierto sentido, y en la medida en que esta máscara representa el concepto que nos hemos formado de nosotros mismos –el rol de acuerdo con el cual nos esforzamos por vivir–, esta máscara es nuestro «sí mismo» más verdadero, el yo que quisiéramos ser” (pág. 31).
La máscara constituye nuestra apariencia modificada, modulada en el método.


  • Es el locus de nuestra identidad, confianza y seguridad ontológica. “La vida cotidiana ordinaria incluye una seguridad ontológica que expresa una autonomía de gobierno corporal dentro de rutinas predecibles. [La máscaras] son «dispositivos protectores» que sostienen la mutualidad implícita en la confianza por la vía de un tacto y de otras fórmulas que salvan la cara de otros” (Giddens, 1995, págs. 85-86).
  • Es donde se deposita las formas de nuestra socialización, nuestra segunda naturaleza. “Nuestros hábitos animales son transmutados por la conciencia en lealtades y deberes, y nos volvemos «personas» o máscaras” (pág. 68). Es asimismo el lado visible de nuestra interacción la posibilidad de representación.
  • Unido a lo anterior, la máscara es de inevitabilidad para la actuación, para el personaje. Reflexivamente nos agenciamos del lenguaje, el rol, el papel, los medios y la intensidad para la puesta en escena social.

Tenemos la confianza se ser y psíquica de actuación acorde a la cuarentena desde que aceptamos y creemos en su información, las recomendaciones y las medidas al respecto. Nos sumergimos en el teatro y el drama del coronavirus, escenificamos nuestro rol, nuestro papel y simbólicamente llevamos puesta nuestra máscara e indumentaria para la ocasión. Ante esta orquesta de convicciones solamente un cínico, incrédulo, escéptico o idiota en el sentido etimológico sería capaz de verse fuera del escenario (Goffman, 1997, pág. 31). A este propósito los experimentos de Garfinkel[15] han sido una muestra del sedimento moral del método cotidiano del habla, los encuentros y la interacción. Como se mencionó, las reglas del mundo de la vida tienen la suficiente fuerza coercitiva como para estigmatizar y tipificar una desviación, pero también para pintarnos insatisfactoriamente con el rótulo de infractores.

Salir sin máscara fuera del domus tiene dos consecuencias intersubjetivas. La primera es la reacción sentimental de haber quebrantado el ritual pandémico socialmente consensuado, la vergüenza y la culpa por ejemplo, son consideradas para este caso como emociones morales y autocorrectoras. Ya teniendo en cuenta la normalidad de las medidas, sentiríamos vergüenza de no coincidir con el comportamiento esperado por los demás y de estar expuestos casi desnudos ante su mirada, desearíamos devolvernos a casa: “[...] la paradoja emocional de la vergüenza radica precisamente en la necesidad o exigencia de ocultamiento luego de esta exposición excesiva” (Mancini, 2016, págs. 198-199). Menos estructural y más situacionalmente, sentiríamos culpa de haber cometido una acción equivocada y de ser/estar en contradicción a lo socialmente convenido, previa opción, selección –llevarla o no– y decisión. Byung Chul Han escribe por ejemplo, residiendo en Europa:  “Los coreanos [sus compatriotas] llevan mascarillas protectoras antivirus incluso en los puestos de trabajo. Hasta los políticos hacen sus apariciones públicas solo con mascarillas protectoras. En Corea lo ponen verde a uno si no lleva mascarilla”[16] (2020, pág. 104). Estos mecanismos emocionales son entonces el autocastigo para nuestra transgresión moral.

La segunda consecuencia de deambular públicamente sin mascarilla -en relación a la vergüenza- es el descubrimiento del rostro nudo, lo que ejercería una directa asociación y coincidencia del hábito moral y el lugar de la fachada. Han en líneas posteriores testifica: “[...] me he acostumbrado tanto a ver personas enmascaradas que la faz descubierta de mis conciudadanos europeos me resulta casi obscena” (pág. 106). Salimos desenmascarados ante la mirada social y la acción nos aclara una especie de bifurcación del significado. El enfrentamiento moral se duplicaría en el espacio cotidiano: desnudez (física) y desnudez (intersubjetiva); seguridad (biológica) y seguridad (social); mascarilla y máscara.

Dentro del domus la situación se multiplica, quizás nos deshagamos de la mascarilla, pero la máscara dramática continúa cubriendo nuestro rostro la mayoría del tiempo. Con hacinamiento o sin él para el sentido común de las personas posadas no hay la ocasión suficiente para estar a solas. Para Erving Goffman (1997) la situación es el tiempo-espacio donde ocurren encuentros de copresencia: no hay soledad. “Una interacción puede ser definida como la interacción total que tiene lugar en cualquier situación en que un conjunto dado de individuos se encuentra en presencia mutua continua” (pág. 27). La copresencia en los encuentros implica la inspección del otro, un registro reflexivo –diría Giddens- permanente, de la conducta, de los modos, del habla y sobre todo del rostro enmascarado. La continua inspección conlleva a la vez una continua actuación, representación, tacto y recuperación.

Aunque no inexistente, el backstage queda reducido en cuarentena. Esta ‘región posterior’ es el lugar donde se almacenan todas nuestras conductas evitadas, es aquí donde el individuo puede despojarse de su máscara, su rol, su identidad sea en interacciones corporales o virtuales. “[...] cuando la actividad de alguien tiene lugar en presencia de otras personas, algunos aspectos de la acción son acentuados de manera expresiva, mientras que otros, capaces de desvirtuar la impresión suscitada, son suprimidas” (págs. 122-123). Pero la omisión del backstage como línea de descanso social en el espacio-tiempo de los encuentros es característica de las instituciones de disciplina biopolítica. Sumidos a la abierta comunión familiar -o al satisfactorio y seductor plano virtual de las redes sociales-, un exceso de cohabitación hace de nuestra pose, sin lo posterior, una existencia positiva; a nivel de esta tensión se reproduciría tanto la vigilancia estructural como el quiebre de la seguridad e independencia del obrar. La gente posada extiende, con el aislamiento, sus situaciones de existencia postiza.

Para concluir

Una cuarentena como la presente ha adquirido la cualidad de extraña en el saber común de una sociedad global y abierta. Con el paso de los meses, esta anormalidad se va convirtiendo en la usual condición en la que nuestra rutina –ordenada o amorfa- discurre. Por su implicancia en los procesos tanto históricos como a-históricos, el coronavirus se ha superpuesto a otras crisis irresueltas, genera autónomamente sus propios problemas y exhibe otros cuantos. De ahí que el seguimiento de su relato social permita descifrar la relación entre lo micro y lo macro, entre la situación y la institución.
Se ha expuesto cómo el saber común se ha adaptado a las disposiciones formales, para habilitarlas en el ritual y la ceremonia social, lo cual hace que los conflictos en la acción cotidiana de los agentes aislados salgan a flote en los sistemas sociales. El nuevo sentido común de la gente posada, que esperará y quizás superará a ‘cuando el virus pase’, es el reflejo ondulante de las dinámicas estructurales; así, el imaginario de orden autoritario no comienza fuera de él sino que se alimenta en el mundo de la vida.

Bibliografía

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[1] Renzo J. Caycay. 23/05/2020. renzocaycay@gmail.com
[2] Ver Lazzarato (2020); Petruccelli (2020); Cragnolini (2020).
[3] En su sentido laxo, puesto que si bien Giddens saluda el aserto de Merton para teorizar sobre acciones indirectas o azarosas del individuo, no reconoce la marca funcionalista que este imprime a su caracterización.
[4] Según el psicoanalista Jorge Bruce “se ve mucha agresividad contra mujeres y niños” (El Comercio-Ipsos: Problemas emocionales afectan al 52% de los hogares, 2020).
[5] Ver el ejemplo referente al cambio de rutinas y prácticas de los empresarios tradicionalistas de Alemania (Weber, 2017, pág. 47).
[6] De los esquemas etnometodológicos de Harold Garfinkel, Giddens concluye una definición de las reglas de la vida social como “técnicas o procedimientos generalizables que se aplican a la escenificación/reproducción de las prácticas sociales” (1995, pág. 57).
[7] Las cursivas son propias.
[8] “Decenas de policías en todo el país han adoptado por la opción más pragmática: poner en práctica este protocolo de distanciamiento con la población para no resultar infectado, lo que permite comprender por qué hay menos policías en las calles.” “De los 80 000 efectivos destinados para labores de patrullaje y el cumplimiento de la inmovilización social obligatoria, menos de 69 000 continúan trabajando.” “Las cifras oficiales del Ministerio del Interior reportan 3 873 policías infectados de COVID-19, 82 fallecidos y 360 hospitalizados” (Zambrano, 2020, pág. 10).
[9] Encuesta nacional urbana llevada a cabo del 16 al 22 de abril del 2020 por el Instituto de Estudios Peruanos (IEP) a encargo del diario La República. Tamaño de muestra: 1670. Margen de error: +/- 2.4%. Nivel de confianza: 97%
[10] Según la última edición del DRAE del 2014, la locución adjetiva de a pie se registra con la antigua acepción de “Dicho de un soldado, de un guarda, de un montero, etc.: Que no van a caballo para su cometido” y otra más moderna: “Dicho de una persona: Normal y corriente”. Este último uso es el que se aplica en la expresión ciudadano de a pie, que no tiene carga peyorativa pero parece hacer una comparación con los ciudadanos de automóvil, que son igualmente ciudadanos de a pie (Hildebrandt, 2015).
[11] Encuesta nacional urbana llevada a cabo del 14 al 15 de mayo del 2020 por Ipsos Perú. Tamaño de muestra: 1020. Margen de error: +/- 3%. Nivel de confianza: 95%.
[12] Venta al por menor. Restaurantes, cafés, centros comerciales, museos, bibliotecas, cines, etc.
[13] Ver las prácticas festivas y disipativas del espacio de la nobleza criolla (Neira, 2016).
[14] Las cursivas son propias.
[15] Ver (Giddens, 1989, pág. 112).
[16] Cursivas propias.

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