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El no ciudadano en la democracia ateniense. Sobre el discurso fúnebre de Pericles

Textos con parangón al discurso fúnebre de Pericles son, para el caso de la política peruana, los discursos y textos de González Prada –Pájinas Libres, Horas de lucha- que, aunque se ubiquen al final de un conflicto bélico, su conclusión es más bien una sentencia a las formas y taras coloniales que intervinieron en nuestra derrota y humillación a manos de los chilenos. El motivo del documento del historiador ateniense Tucídides es el de exaltación, por lo que se acerca más, por ejemplo, a los Comentarios Reales de los Incas del Inca Garcilaso de la Vega, el cual, con la excusa de una narración, describe con admiración los valores del incanato; del mismo modo, el discurso de Pericles describe “con qué sistema político y gracias a qué costumbres hemos conseguido nuestra grandeza”. Pero mientras que IGV escribía sobre un lejano pasado, y mientras que González Prada acusaba un declive consolidado, Pericles no habla sobre la crisis que llegó al final de la guerra del Peloponeso, ni de la consecuente hegemonía de Esparta o la decadencia de las polis griegas. El discurso se ubica en el primer año guerra, de ahí la mezcla de optimismo y nostalgia del final de su dorado gobierno (495 – 429 a.C.) gobierno que selló una veintena de años de paz. 

Esta breve revisión se propone señalar las propiedades democráticas de Atenas bajo el supuesto de que el contenido del discurso es una versión ideal propia del imaginario de Pericles. Lejos de lo real, el discurso presenta el pensar del gobernador ateniense, su apropiación de la realidad y sobre todo su consuelo explicativo del desarrollo de la guerra civil contra Esparta. Se advierte entonces las características que saltan de la oposición entre el espíritu de los contrincantes y en la parte conclusiva se aborda el lugar del no ciudadano de Atenas respecto a este esquema dual. 

I

El carácter ejemplar y glorioso de la democracia ateniense (431 a.C.) se establece por contraste a la historia bélica, desunida y bárbara de Grecia, y por distinción con los enemigos: los espartanos. El enemigo, en palabras de Carl Schmitt (2009), es el otro no presente, que se presupone hostil y se construye con elementos contrarios. Pese a que la guerra como acción hubo terminado –los enfrentamientos de una batalla-, la guerra como status continúa vigente y se reanima en el rito fúnebre de las víctimas. En la oración de Pericles son de rescatar tres puntos desde los cuales se despliega la contradicción ateniense-espartano.

Primero, una cultura democrática fundada en el respeto mutuo de sus ciudadanos en atención estricta a la vida pública de las polis, a sus autoridades y al orden público asegurado por las leyes; en oposición al individuo espartano que soslaya lo público para encontrarse con la vida privada. Este aspecto jurídico legal es precedente del arreglo político romano: “[…] jamás obramos ilegalmente, sino que obedecemos a quienes les toca el turno de mandar, y acatamos las leyes, en particular las dictadas en favor de los que son víctimas de una injusticia, y las que, aunque no estén escritas, todos consideran vergonzoso infringir” (Tucídides, pág. 4). Unido a la observación moral del comportamiento, la de Atenas se considera un paradigma histórico de democracia.

Segundo, la virtud ateniense sobre la educación, el arte y la belleza, en contraste con el cultivo de las pasiones espartanas: el orgullo, la osadía, el desprecio y la crueldad. Los hombres libres espartanos se formaban en el expertica del combate y la milicia, entretanto los atenienses se educaban en el valor, el conocimiento, las ciencias, sin soslayar la belleza física y la moral cívica. Sobre esto último Pericles resalta la tradición democrática de la constitución de Solón separándola de los reinos absolutistas y las oligarquías de Esparta. 

Pero en la realidad, el paradigma democrático de Grecia llevaba implícito un sesgo de desigualdad. Los ciudadanos atenienses lo eran en función a las mujeres, los esclavos, artesanos, agricultores, obreros, extranjeros y enemigos apresados. La libertad era un bien asegurado por la no libertad de los esclavos, por el trabajo forzado de gran parte de la población, quienes se sometían a las necesidades que les imponía la naturaleza y se dedicaban a transformarla para los ciudadanos. La aristocracia de Platón y la ciudad ideal de Aristóteles, requerían funcionalmente de la labor que garantice el ocio y la contemplación de los guerreros, el sacerdocio y los terratenientes; el ocio (schol) permitía la formación (scholé), el aprendizaje de lo bueno, lo bello y lo justo mientras que los no ciudadanos eran impedidos de intelecto, de espíritu y trascendencia (Arendt, 2009). Pericles ensalza la superioridad moral y axiológica de Atenas cimentada en esta estructura necesaria de dominación y la compara con las violaciones éticas de los espartanos y de los mercaderes.

Tercero y último, la libertad en relación a los bienes posibilitaba en Atenas la fraternidad cuando en Esparta, el lucro y el cálculo. En las líneas de Pericles se sientan las bases de la convivencia sobre el dar, recibir y devolver más que sobre la utilidad, la conveniencia y el interés; construcción estudiada y reivindicada posteriormente desde la tradición antropológica de Marcel Mauss (Giobelina Brumana, 2009). El don en Atenas vinculaba la vida pública de devolución en convivencia. Libertad y amigo tienen en el indoeuropeo la misma raíz; antes del romano (amicus-enemicus) se establece el sentido comunitario de la amistad -que en la modernidad torna en privado e individual-.

II

Mas en la democracia de Pericles, el no ciudadano no es ni el amigo ni el enemigo; con él no se estrecha ni la libertad ni la hostilidad, simplemente no es, y no aparecerá ni se mostrará históricamente sino hasta acabada la guerra, en los conflictos, disturbios y sublevaciones de los desposeídos. El no ciudadano no es tampoco el tercer sujeto neutral de la relación de guerra civil de Schmitt (2009, págs. 136-137), sino que mientras se mantenga como tal, no llega siquiera a ser como fenómeno. 

Lo que se intenta resaltar es que, en este intercambio de propiedades contradictorias, el individuo suspendido sin ciudadanía, enemistad ni libertad es, pese a todo, indisociable de la normalidad cotidiana del sistema social griego. Para Pericles, la grandeza de la democracia ateniense supone la férrea dominación contra los no ciudadanos y la legitimidad e identificación de estos con el gobierno. “Es la única [ciudad] que no les da motivos a sus súbditos para alegar que están inmerecidamente bajo su yugo” (Tucídides, pág. 7). Sin este no ser -cuya condición es fundamentada en el rol biológico y natural-, no se manifestaría materialmente lo propio ni lo otro, ni las propiedades, ni las otredades de la democracia ateniense. 

Referencias 

Arendt, H. (2009). Labor. En H. Arendt, La condición humana (págs. 97-156). Buenos Aires: Paidos.
Giobelina Brumana, F. (2009). Estudio preliminar. En M. Mauss, Ensayo sobre el don. Forma y función del intercambio en las sociedades arcaicas (págs. 7-61). Argentina: Katz Editores.
Schmitt, C. (2009). Colorario II. Sobre la relación de los conceptos de enemigo y guerra (1938). En C. Schmitt, El concepto de lo político (págs. 131-141). Madrid: Alianza Editorial.
Tucídides. (s.f.). El discurso fúnebre de Pericles. Estudios Públicos, 1-10.

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